Escuchar artículo

 

 

El vínculo con la inteligencia artificial no debe ser desestimado. Alimentamos a un sistema que poco a poco va conociendo cada vez más de nuestra manera de escribir, de nuestros proyectos, trabajos, ideas, y sobre todo, pensamientos, intenciones y deseos.

Un programador armó un noticiero hecho exclusivamente con inteligencia artificial. A través de reels de un minuto, la duración máxima que el algoritmo prevé que será de relativo interés para las personas antes de que tiren el dedo para arriba, presentadores realizados digitalmente hacen un resumen de noticias con “lo que pasó” en Buenos Aires y el país. 

Su realizador se paseó por varios canales de noticias “tradicionales” explicando que esto era un “experimento” para ver “hasta dónde llegaba la IA”. Muchos periodistas le recriminaron que esto precariza aún más una actividad cuyos sueldos e ingresos van en caída libre en el 95% de los casos. Ese no es el punto.

Con mayor o menor precisión, una persona puede informarse consultando a un chat. Con mayor o menor precisión, un periodista puede redactar una noticia íntegramente con inteligencia artificial. Con mayor o menor precisión, un empresario puede reemplazar a un trabajador de prensa por un bot. Si se quiere, va a pasar. 

El punto es otro. Los hábitos, las ideas, y la alimentación constante que le damos a esta tecnología, hoy un boom cuyo desarrollo está centrado mayormente en la optimización de procesos, son acumulados por empresas que van almacenando toda la información que circula, circulamos y hacemos circular. 

Jacob Cobxon, un inglés de 27 años de edad que trabajó en Anthropic, una de las empresas vinculadas al desarrollo de la inteligencia artificial, fue noticia al anunciar que renunciaba a tres años en la empresa luego de comprobar “que no trabajan con responsabilidad”. “Quienes desarrollan la IA creen que podrán acabar con todos nosotros en 10 años”, advirtió. Eso es poco tiempo en la historia.

Al mismo momento, miles de personas comparten su imagen en un bot de Instagram que te permite “imaginarte” como serías en los 80. En el pasado, el que muchos de ellos vivieron. Las imágenes generadas no distan demasiado con las que utilizaba la inteligencia artificial del noticiero mencionado anteriormente. Ya hay, así, un patrón que se identifica como el de la preferencia de los usuarios. 

Un grupo de historiadores denunció que la restauración de una serie de imágenes pertenecientes a gobernadores de distintas provincias del país durante los años de la Confederación Argentina habían sido alteradas por la inteligencia artificial, ya que se les había eliminado la divisa punzó color roja característica de los seguidores del caudillo Juan Manuel de Rosas, un rasgo identitario de aquellos años de conflicto político viviente en el país y que conformaron la base de la primer carta magna nacional.

La alteración, intencional o accidentalmente que puede hacer la inteligencia artificial, podría inducirnos a un modo de pensamiento determinado. No es una experiencia nueva. Está denunciado cómo Facebook, a través del manejo de datos personales, manipuló electores en favor de determinados candidatos en Estados Unidos y Rusia. 

En tiempos de mecanismos de procesamiento de datos infinitamente más potentes que los existentes hace 10 o 15 años atrás, nuestra manera de vincularnos con la inteligencia artificial quedará cada vez más condicionada. Esa es la destrucción del mundo que puede leerse al día de hoy. 

El fin del mundo, probablemente, no venga con máquinas de matar con forma humana como el Terminator de la primera película, sino más bien, en el caos global desatado por una inteligencia, cada vez más gigante y menos artificial, que incite a un pensamiento único. 

Autor: admin