En la tierra del combate, la política vuelve a debatirse entre presencia y distancia
"No se trata de una discusión sobre un nombre propio. Hoy es Javier Milei. Mañana podría ser otro. Las medidas de seguridad son una realidad contemporánea que atraviesa a líderes de distintos signos políticos en el mundo. Sin embargo, el modo en que el poder se presenta ante la comunidad nunca es neutro".
Como cada 3 de febrero, San Lorenzo vuelve a convertirse en un escenario de memoria. Allí donde tuvo lugar el único combate librado por el general José de San Martín en suelo patrio, la historia argentina se condensa cada año en un ritual cívico que mezcla solemnidad, identidad y preguntas abiertas sobre el presente. La presencia del presidente Javier Milei en el acto conmemorativo agrega una capa más a esa escena, la relación entre el poder político y la ciudadanía se presenta atravesada por pedidos de seguridad, protocolos rígidos y distancias inevitables.
Antonio Machado escribió “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. La frase, repetida hasta el cansancio, vuelve a resonar cuando pensamos la política no como una estructura cerrada, sino como una práctica viva, hecha de encuentros, palabras y recorridos compartidos. La política, si seguimos a Hannah Arendt, ocurre en el espacio público, donde las personas aparecen unas ante otras y se reconocen como iguales en dignidad y diferentes en opinión. ¿Qué sucede, entonces, cuando ese espacio se vuelve inaccesible?
No se trata de una discusión sobre un nombre propio. Hoy es Javier Milei. Mañana podría ser otro. Las medidas de seguridad son una realidad contemporánea que atraviesa a líderes de distintos signos políticos en el mundo. Sin embargo, el modo en que el poder se presenta ante la comunidad nunca es neutro. Todo gesto institucional es también un acto simbólico, quién puede acercarse, quién queda detrás de una valla, quién observa y quién es observado. El poder no solo gobierna, también produce sentido. En ese marco, la política no es únicamente decisión, también es presencia, y la presencia construye o debilita vínculos. La distancia física no es solo una cuestión de seguridad, es también una forma de narrar la relación entre gobernantes y gobernados.
San Lorenzo, con su historia sanmartiniana, invita a pensar la política desde otra dimensión. José de San Martín no fue únicamente un estratega militar, fue también un constructor de sentido colectivo. Su figura se vincula, con el sacrificio que conlleva, a la idea del camino del héroe, y portar ese uniforme no es un juego. Es una ética del servicio que aún hoy se evoca en discursos oficiales y actos escolares. Max Weber distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad. La primera responde a principios firmes; la segunda, a las consecuencias de las acciones sobre la comunidad. La política contemporánea exige ambas, pero también demanda una tercera dimensión menos teorizada y más sensible, la experiencia compartida.
Cuando la ciudadanía observa a sus representantes desde lejos, la política corre el riesgo de convertirse en un espectáculo. Sin diálogo, el poder puede transformarse en una estructura que administra, pero no necesariamente escucha. O, quizás, ese sea el propósito de su estrategia.
Claro está que la presencia institucional también tiene su valor. Un presidente que asiste al acto reconoce la importancia histórica de un territorio y de su comunidad. La representación es, en sí misma, una forma de reconocimiento político.
Pero la pregunta filosófica permanece: ¿qué tipo de relación queremos construir entre gobernantes y gobernados? La política entendida como servicio —una idea que atraviesa desde Aristóteles hasta pensadores contemporáneos como Byung-Chul Han— supone una responsabilidad hacia el otro. Servir no es únicamente administrar o tomar decisiones, también es construir confianza, presencia y sentido de pertenencia. El servicio público, en su dimensión más humana, implica que el ciudadano sienta que su voz tiene un lugar, aunque sea breve y fugaz, en el encuentro con quien gobierna.
Tal vez el desafío de nuestro tiempo sea reconciliar el poder simbólico con la experiencia cotidiana de la ciudadanía. Que el poder vuelva a ser reconocible, cercano, encarnado en gestos simples y no solo en dispositivos de control. Dejar de encontrarnos únicamente en las redes sociales para volver a encontrarnos cara a cara, en el abrazo del pueblo, en la charla con el vecino, en una avenida principal donde el representante no solo pasa, sino que habita el espacio común. Esos caminos no existen de antemano, se crean con cada gesto, con cada palabra, con cada modo de ocupar el espacio público.
El acto del 3 de febrero no será solo una conmemoración histórica. Será también un espejo de cómo entendemos hoy la política. Si la vemos como un ejercicio distante, la aceptaremos como espectáculo. Si la concebimos como servicio, nos preguntaremos siempre por la cercanía posible. Entre la historia de San Martín y los desafíos del presente, la ciudad vuelve a recordarnos que la política no es un destino fijo, sino un camino que se construye —paso a paso— al andar.
Martín Mader
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